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"Que quien se calla cuanto me callé
no se podrá morir sin decirlo todo.".

José Saramago.

20 noviembre 2014

El fútbol y el Día del niño

--> 20 de noviembre. Hoy es el día del niño. Hace unos años, mezcla de intensidad laboral y de tiempo libre, habría sabido de la efeméride mucho antes. Esta mañana me lo ha recordado algún tuit, especialmente aquellos de las cuentas de Save the Children y Unicef. No es insensibilidad, es cuestión de realidad. Desde el 29 de enero de 2009, para mí cada uno de los días del año, con todo lo que ello conlleva, pasaron a ser el del niño. Aquella noche nació mi hijo Álvaro y todo cambió.

Un artículo de Jorge Segura.

Foto: Hammer_Fotos.

     A partir de su llegada haces todo lo que jamás pensaste y viceversa. Desde lo básico a lo complejo. La paternidad es lo único para lo que no te preparan. No me extraña. Es imposible. Lo siento por los gurús de los cada vez más numerosos libros sobre cómo educar y comportarte como progenitor. Casi seis años después, y con Javier también ya entre nosotros desde hace dos, tengo la experiencia suficiente para reírme y hacer alguna pedorreta respecto a esas ‘biblias’. Sí, yo dije que nunca metería al niño en mi cama si lloraba constantemente… pues lo hice. Sí, yo afirmé que jamás correría detrás de él en el parque, bocadillo en mano, obligándole a merendar… también lo hice (hago). Sí, yo juré y perjuré que jamás le daría un azote (pequeño) en el culo cuando se portara mal… y también lo hice… y me dolió, claro. Porque no hay nada que te duela más desde su nacimiento que verlo llorar, incluso si lo merece por desobediente.
     Por lo que has vivido como hijo en tu etapa de niño, adolescente o adulto, hay escasas promesas de las que te haces antes de convertirte en padre que luego realmente llegues a cumplir. Es como ese reiterativo propósito de Nochevieja que siempre se desvanece en la mañana de año nuevo. Sin embargo, hay uno que me empeño en mantener firme.
     Unos minutos antes de que Álvaro naciera, mientras mi mujer sufría las primeras contracciones fuertes en la sala de dilatación, escuché un quejido de lamento unos metros más allá. No, no era otra chica esperando alumbrar, era el anestesista, contrariado y cabreado porque el Sevilla había marcado el 2-1. Acababa de eliminar al Valencia de la Copa del Rey. Normalmente, yo debía haber comentado ese partido, hasta que mi hijo decidió adelantarse casi dos meses a su tiempo. Me sorprendió lo indiferente que me quedé ante el hecho deportivo. Durante 10 años, el 80 por ciento de mi tiempo de cada jornada y durante más de 300 al año, dependían de eso. De los goles, de las paradas, las canastas, los fallos, las lesiones, las declaraciones… y en ese momento, me importaba un pepino.

     La cosa ha ido más allá desde entonces. Cualquier cosa referente a Álvaro o Javier tiene preferencia. Incluso estando en el paro, el tiempo que otros compañeros en la misma situación lo vuelcan a formarse, yo prefiero dedicarlo a estar con mis hijos. Entiendo a quien pueda pensar que es una incongruencia. Aún más si conocen que insisto y favorezco que Álvaro no juegue al fútbol. No quiero.

     Aunque realmente no es del todo así. A mi me encanta verle jugar con sus amigos en el parque. Si es que pueden. Porque ahora ya ni en los parques les dejan jugar a la pelota. En la mayoría te topas un cartel de prohibido. No te cuento ya en las plazas, glorietas, calles… Difícil lo tienen hasta en los patios del colegio, donde ya se ha perdido aquella costumbre de jugar seis partidos a la vez, con niños corriendo de un lado a otro, entremezclados, pero perfectamente conocedores de dónde estaba su portería y la del rival entre tanta maraña de equipos y balones… Todo eso casi ha desaparecido. Ahora si quieres jugar al fútbol debes apuntarlo a una escuela o club, ¡¡¡con 4 años!!!

     En realidad, y más allá de cómo se eduque futbolísticamente a los niños ahora, a mi me encantaría que ninguno de mis hijos fuera profesional de cualquier deporte. Tras años viviéndolo desde dentro y observando el desgaste físico y, principalmente, psicológico al que terminan sometidos los deportistas (mi respeto a casi todos), es mi principal conclusión. Sé que muchos de ellos no estarán de acuerdo. Aún más, sé que la mayoría de padres tampoco. Pero más allá del envoltorio que ven a diario en cualquier estadio, pabellón, carretera, medio de comunicación… invitaría a cualquiera a ver lo que realmente hay y esconde cada competición de cada fin de semana. Más allá del dinero, que ganan muy pocos por cierto, la fama o los privilegios.

     No es que el fútbol sea especialmente terrible en ese sentido. Es simplemente el deporte que más se practica en este país. Hay más gente y, por lo tanto, hay más de todo. Bueno y, claro, malo. No hay más que acercarse un fin de semana a cualquier competición de chavales para comprobarlo. La agresividad verbal, que a veces se convierte en violencia y en unos cuantos casos llega a la física, resulta asquerosa. Y, desgraciadamente, eso se traslada con otros muchos aspectos más peligrosos conforme se avanza en las edades y las competiciones oficiales. Incluyendo amaños, desfalcos fiscales y otras tantas vergüenzas ya en el ámbito profesional. Incluidos los espectáculos mediáticos, especialmente televisivos, de algunos en los últimos años. Prima el insulto y la mentira. Y no, yo no quiero eso para mis hijos.

     Me encanta que hagan deporte como yo lo hice (y lo hago). Practiqué fútbol, judo, tenis y baloncesto (incluso tenis de mesa) de forma bastante seria e intensa. Comprometida incluso hasta pasada la adolescencia. Me encantan los valores de compañerismo, esfuerzo, pasión… que te transmite cualquiera de ellos. Hasta una edad. Porque, curiosamente, hasta una edad las normas de las competiciones protegen a los niños. Seas mejor o peor, has de jugar, lo dice el reglamento. Pero incluso siendo aún muy niños, llega un momento donde las normas desaparecen. Ya sólo juegas si eres bueno. Si no, no juegas. Qué duro debe ser esto para un niño, verdad.

     Sé que hay muchas de las personas implicadas ahora en esas escuelas y clubes que piensan igual e intentan cambiar las cosas, mejorarlas. El C. A. Amistat de Valencia de mi amigo Fermín Rodríguez es un excelente ejemplo. Pero, desgraciadamente, y por lo que veo sigue siendo una minoría. Además, y con todo el respeto, los referentes a los que puedes acudir para poner ejemplos a tus hijos de entre los profesionales, siguen cayéndose por su propio peso. Entre ver y escuchar a Rafa Nadal y Pau Gasol o a Cristiano Ronaldo y Leo Messi, discúlpenme los futboleros pero no tengo dudas.

     Creo en el fútbol como juego, divertimento y deporte. El que enseña valores de comportamiento en grupo y compañerismo, que supone una esperanza para muchos niños que no tienen nada… pero me apena que todo eso acabe tan pronto, que lo desvirtuemos y que lo corrompan quienes lo gestionan y manejan como un negocio desde demasiado pronto. Y aquí lo dejo, me marcho al parque a jugar al fútbol con Javier y Álvaro, antes de que algún iluminado decida poner un cartel de ‘prohibido jugar con la pelota’.


Escribe para 'El Chut': Jorge Segura (@jseguraclara)

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